UNA MAÑANA.
Despierto como cada mañana, con
el frio de un invierno que no me permite relajar los músculos, la pesadez de la
cama es tan fuerte que casi es imposible levantarse. Los sonidos cotidianos de
gente deambulando en casa preparándose un café, la regadera, el noticiario
matutino y el hastío de un nuevo día que
representa esa desesperanza que se gesta por el futuro: La decepción de una
vida carente de incentivos y el deseo de que la muerte venga y permita un
descanso eterno. Lamentablemente es tarde, demasiado tarde diría yo, que
prefiero no ir al trabajo; qué más da un descuento, la verdad sería uno de
tantos. Así que decido vivir el hoy de manera muy tranquila, con mi mente en
blanco, escuchando Radiohead en las bocinas; por primera vez, quizá metafóricamente
salga el sol, alumbre un poco esta habitación y me dé algo de alegría. Quién
sabe… a lo mejor tenga suerte.
Entre mi desayuno y las galletas, entre la música y
la mesa me pregunto tantas cosas y mi mente se centra en la idea del
abadono, en ese sentimiento que te hace
sentir solo y que no corresponde a tus deseos. Pienso la idea de dejar el trabajo, de permitirme
sentirme libre sin necesidad de un sueldo o un traje o de mi cara sonriente, estúpida
y falsa cuando digo “ Bienvenido a Sánchez y Mendieta, en que le puedo servir?”
Todo es tan horrible, siento que mi dignidad se aplasta cotidianamente hasta
que por la noche ya no queda nada. No sé,
no quiero seguir de esa manera el siguiente año, no pretendo
determinarme, no sé de donde venga el cambio, pero algo se debe intentar…
El teléfono suena y porque no dejarlo
pasar; sabe Dios quién será, sabe alguien quién es? Ni siquiera sé quién soy yo,
que a mis 32 años sigo varado en la
nada, desencantado de la mayoría de las cosas y olvidando lo bueno que tengo. En
fin, supuse que hoy tendría un día bueno, que darme la oportunidad de quedarme
en casa tendría algo de sentido, pero la
realidad es que no, me siento más deprimido que lo de costumbre; quizá la
rutina logre en el hombre olvidar la parte reflexiva de su existencia y lo
ahogue en un mar de preocupaciones adquiridas que no hacen más que evadirlo del todo. Quizá deba vestirme,
hacer una llamada a mi jefe y avisar que llegare tarde, de alguna manera no estaría
sentado, analizando cada parte de mi vida y dejaría de lamentarme por tanta podredumbre,
tal vez debería ser como todos y dejar que todo se hunda para llegar a la sesena
años hastiado de lo mismo pero con la pensión asegurada y una casa hipotecada.
A lo mejor no basta querer ser diferente, ni añorar un cambio, a lo mejor no
basta nada y debo someterme como siempre.
El tiempo ha pasado y sigo
sentado, sigo con una taza en la mano, sigo en pijama, sigo pensando, sigo
queriendo estrellar mi cabeza en el piso, sigo deseando un arma y volarme el cráneo,
pero no quiero; ahora tengo tanto miedo, tanta inseguridad de mí mismo que no me atrevo a salir al supermercado ni a dialogar con cualquiera,
tengo la mirada seca y el rostro descascarado,
tengo mis manos hundidas en mis piernas, tengo todo para ser feliz y no
lo quiero…
Autor. Víctor López Pelcastre.