Quisiera llorar y hundirme en el sofá; a veces… Si, sólo a veces quisiera llorar tanto aunque no hubiese porque llorar. Quizá
las lágrimas enjuaguen un poco el corazón; no sé, realmente es uno de esos días donde puedes pensar en
todo y dejar que la cabeza gire y se pierda.
Quisiera tener un poco de esa alegría de la que todos hablan y presumen,
dejar de lado esa melancolía como mi
única “amiga” y sonreír ante lo bello de
la vida sin tener la mirada perdida.
Y un Dios se aparece, se mira al
espejo y se enorgullece de sí mismo… Qué estupidez es pensar en mantener la fe!
Las cosas, esos detalles tan absurdos que se vuelven importantes, efímeros, un
pedazo de cielo comprado en un aparador caro para ser abofeteado por el
infierno. La risa maquiavélica de un ángel que vendió su techo por placer, la congoja de una humanidad que se pudre sin
cesar en una esfera azul de agua hirviendo, la desesperación por ser o intentar
ser… Y más lágrimas.
Entonces nada, sensación equivoca que perturba dejando en el
sin sentido con la esperanza absorta ante lo que no existe, un muñequito de
migajón que se rompió en el proceso y las ganas reducidas al mínimo para poder
llegar a ese estadio donde todo parece lo que es. La realidad, la única que no
miente sin importarle que lleguemos al suicidio, la única en la que podemos
confiar y dedicarle más de un momento para saber, para aprender a mirar, para
comprender y decir tanto aunque nadie lo entienda, para quedemos sólo con el
hastió de los santos al sabernos inútiles ante los demás.
No importan. Los aromas de esas falsas victorias sacan a luz
toda esa mugre que se oculta tras esferas de papel y luz que engolosinan el ego
como mecanismo de defensa. Todos tenemos miedo,
¿Qué sigue? La apatía de un distrito que se embriaga y se retira a dormir, ese indigente que con su pelo tieso y enmarañado es tan valioso en el arte
de la denuncia. Tal vez todos deberíamos de morir y dejar tanta palabrería
insulsa que sólo lastima una y otra vez.
En fin, cada tiempo, cada paso que se da ante la perspectiva
se desvanece frente a la verdad, los ideales, lo sueños, los viejos de antaño
que creyeron en el fantasía moderna, los padres que se asombraron, las niñas violadas, la malvada madrastra del
cuento y el unicornio azul de Silvio. No tenemos nada, creímos tener un lugar
en este mundo porque así lo
dijeron, nos engañaron diciendo lo
especiales que nos ha hecho la vida, nos
convertimos un parapeto irrepetible del diseño divino. No somos nada, ni nunca lo seremos, y ante la mirada de asco de todos y ante el
desprecio…
Sólo queda olvidar
que existió algo para poder ser feliz.
Autor. Víctor López Pelcastre