miércoles, 28 de noviembre de 2012

Entrada 18 - 28/11/12


UNA MAÑANA.
 
Despierto como cada mañana, con el frio de un invierno que no me permite relajar los músculos, la pesadez de la cama es tan fuerte que casi es imposible levantarse. Los sonidos cotidianos de gente deambulando en casa preparándose un café, la regadera, el noticiario matutino  y el hastío de un nuevo día que representa esa desesperanza que se gesta por el futuro: La decepción de una vida carente de incentivos y el deseo de que la muerte venga y permita un descanso eterno. Lamentablemente es tarde, demasiado tarde diría yo, que prefiero no ir al trabajo; qué más da un descuento, la verdad sería uno de tantos. Así que decido vivir el hoy de manera muy tranquila, con mi mente en blanco, escuchando Radiohead en las bocinas; por primera vez, quizá metafóricamente salga el sol, alumbre un poco esta habitación y me dé algo de alegría. Quién sabe… a lo mejor tenga suerte.

Entre  mi desayuno y las galletas, entre la música y la mesa me pregunto tantas cosas y mi mente se centra en la idea del abadono,  en ese sentimiento que te hace sentir solo y que no corresponde a tus deseos. Pienso  la idea de dejar el trabajo, de permitirme sentirme libre sin necesidad de un sueldo o un traje o de mi cara sonriente, estúpida y falsa cuando digo “ Bienvenido a Sánchez y Mendieta, en que le puedo servir?” Todo es tan horrible, siento que mi dignidad se aplasta cotidianamente hasta que por la noche ya no queda nada. No sé,  no quiero seguir de esa manera el siguiente año, no pretendo determinarme, no sé de donde venga el cambio, pero algo se debe intentar…

El teléfono suena y porque no dejarlo pasar; sabe Dios quién será, sabe alguien quién es? Ni siquiera sé quién soy yo, que a mis 32 años  sigo varado en la nada, desencantado de  la mayoría  de las cosas y olvidando lo bueno que tengo. En fin, supuse que hoy tendría un día bueno, que darme la oportunidad de quedarme en casa tendría algo de sentido, pero  la realidad es que no, me siento más deprimido que lo de costumbre; quizá la rutina logre en el hombre olvidar la parte reflexiva de su existencia y lo ahogue en un mar de preocupaciones adquiridas que no hacen más  que evadirlo del todo. Quizá deba vestirme, hacer una llamada a mi jefe y avisar que llegare tarde, de alguna manera no estaría sentado, analizando cada parte de mi vida y dejaría de lamentarme por tanta podredumbre, tal vez debería  ser como todos y dejar  que todo se hunda para llegar a la sesena años hastiado de lo mismo pero con la pensión asegurada y una casa hipotecada. A lo mejor no basta querer ser diferente, ni añorar un cambio, a lo mejor no basta nada y debo someterme como siempre.

El tiempo ha pasado y sigo sentado, sigo con una taza en la mano, sigo en pijama, sigo pensando, sigo queriendo estrellar mi cabeza en el piso, sigo deseando un arma y volarme el cráneo, pero no quiero; ahora tengo tanto miedo, tanta inseguridad  de mí mismo que no me atrevo a salir  al supermercado ni a dialogar con cualquiera, tengo la mirada seca y el rostro descascarado,  tengo mis manos hundidas en mis piernas, tengo todo para ser feliz y no lo quiero…

Autor. Víctor López Pelcastre.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Entrada 17 - 23/11/12

Fragmento 1 - Desesperanza

Es tan complicado y tan simple que no puedo entender el por qué. Lo hacemos, lo miramos y lo deseamos como si fuera la única cosa valida en el mundo. Pasamos horas navegando, recluyendo en nuestros sentidos fantasías que nos enajenan. No sé, me desahogo como tantos y no importa la edad, ni el sexo, no importa si es con uno o con todos, sólo queremos saber, palpar más allá del deseo, inaugurar el sarcasmo y devolver con los ojos su precio. No lo entiendo y aunque entendiera, qué? Todo seguiría igual, lleno, exhausto, caníbal. Un todo que desencanta en el vacio por un segundo; la nada. No hay nada, al final todo es efímero.




Fragmento 2 - Predeterminación

Usamos cada gota, cada palabra tan delicadamente; somos cazadores tenaces, cautos y serviles que, no importa como sea, poseer es más grande que podriamos pagar miles de penitencias. Nos desvivimos por ello; ya no interesa sí son las 3 de la madrugada o las 10 de la noche… Me uso, me usan, yo uso, 20 minutos, una hora, tal vez sea uno contra otro, tal vez sea virtual
, quizá sólo vea, quizá estaré esperandolo en una habitación, tal vez busque y haga una llamada, tal vez él quiera, tal vez yo no, tantos tal vez y tan poca realidad que al unisonó de todos estaremos como siempre pensativos, marcando con la vista tanta mediocridad, que no interesa ser racional, ni confrontarse, ni esperar….

Fragmento 3 – Ardid

Entonces uno reacciona por un segundo, reflexiona un poco, se descubre, se sabe un ser que no llega más allá de lo que hace, no hay opción, no hay salida y mucho menos perdón. Da tanto miedo y causa tanto dolor que no queremos saber y evadimos todo, olvidamos durante un tiempo todo aquello que nos marca, que nos refleja, que devela nuestra vida y deseamos en lo más profundo que todo sea un misterio pero, sabemos de nuevo, concreto, extraño como si nuestro intelecto se descubriera como un milagro. Así que yo, tú y ellos se juntan y se beben, se toman y se pierden, se miran y se van.


Fragmento 4 – Realidad

… Nuestra vida es tan patética y absurda que falseamos las historias; mentiras que suavizan el malestar y manejan el placer... Cambiamos todo por un encuentro furtivo, casual y deliberado; ponemos en nuestro slogan el ideal del amor, pero en el fondo sólo es un cliché de tontos, otra estrategia que pone de manifiesto nuestra carente autoestima y esa soledad que se d
ibuja en las sonrisas. No tenemos nada y aún hacemos creer que podemos dar; desafortunadamente todos lo saben y comparten el pesar, todo es un juego que en algunas ocasiones puede ser cuestión de azar. Simplemente jugamos a encontrar a alguien que después de unos gemidos se pueda desechar.

Autor. Víctor López Pelcastre