Es tarde, quizá demasiado para esta ciudad, a veces olvido
que vivir en la periferia de la urbe es un sinónimo de pertenecer a ninguna
parte; ciudades fantasma llenas de amuletos y de viejas vírgenes que se asoman
en las esquinas, la sensación de querer ser ante la crudeza de una realidad que
se exhibe como una perdida entre transeúntes sin nombres.
El alumbrado público se ha encendido, iluminando a medias
las historias escondidas que nadie cuenta y todos saben. No sé, trato de pensar
en las sonrisas frescas, en los momentos de alegría, en las fiestas y en el sabor de las paletas,
en verdad, quiero imaginar todo aquello que viví pero que mi mente no recuerda
y no comprendo por qué. Estoy cansado de escuchar relatos y hacer de mi pasado
un collage fotográfico que no me dice nada.
De repente todo se detiene, quizá todo se detuvo desde hace
tiempo frente a mí, las mismas casas de hace 20 años, las misma gente, sólo que
más vieja, con sus rostros llenos de un aire húmedo y de una desesperanza que
estampo sus vidas. A la mente viene una vecina, la recuerdo en mi
adolescencia como una mujer de carácter,
de esas que no se dejan, orgullosa de sus hijos pero, ayer al ver su pelo
desteñido asomándole sus canas, sus ojos hinchados y sin brillo, vestida de una
blusa tipo a los 80´s cubierta por un chaleco barato y con una botella de
cerveza en la mano que cuidaba como si
fuese su único tesoro. ¿Dónde quedo todo? Parece que nadie pudo cumplir sus
sueños y lo único que queda es ahogarlos de la mejor manera. Me pregunto sí mis
sueños morirán como los de todos; a lo mejor ya están muriendo y he sido tan
tonto que no me he dado cuenta.
Los tiempos cambian, la vida cambia y nos decimos unos a los
otros que todo cambia, casi como queriéndonos convencer a nosotros mismos de eso,
pero la verdad es que todos añoramos el pasado, y nos aterra ser viejos y
descubrir que nuestro tiempo se ha ido, que ya no tenemos la misma energía de
antes, nuestros gustos ahora son anticuados y nos encontramos cada vez más
solos. Ahora entiendo por qué mi abuela
se pasa la tarde viendo telenovelas; la
verdad da mucho miedo enfrentarse a un presente que ya no nos aporta nada, o
mejor dicho, un presente al cual ya no le aportamos nada.
Pero no importa, realmente a esta altura nada importa, sólo
hace falta mirar a las calles, todos tan distintos, tan diferentes, cada uno
con sus pensamientos y preocupaciones, divagando entre pasos la reflexión de
sus acciones; es difícil creer en algo cuando sabes que todo puede perderse, la
sensación de inseguridad que nos obliga a defendernos, a vivir del hoy para
asegurar un mañana. La posibilidad de
ser, no va más allá de nuestra
posibilidad…
Entro a mi casa y es como si el bosquejo de una película se proyectara;
la gente que quieres o que amas pasan por ahí, algunos vienen y otros se van,
la versatilidad de las personas es tan extraña que nadie quiere quedarse en el
mismo lugar, ninguno quiere tomar los recuerdos y hacerlos suyos, todos huyen,
pero no se dan cuenta que este es un sitio seguro, donde nadie te juzga por lo
que eres o no fuiste, donde tomos somos iguales
y nos deseamos lo mejor, un lugar donde sabes que todos te aman y donde
puedes descansar. Cómo me gustaría saber que
todos estamos juntos, abrazándonos y jugando como antaño, engordando con
golosinas y olvidando de nuestro vocabulario la palabra “adiós”.
Autor: Víctor López Pelcastre