Hace algún tiempo, cuando estaba en mi último año de filosofía mi trabajo de investigación final fue sobre algo llamado “posmodernidad” Sin saber mucho del tema y con muchas preguntas comencé a encontrar diferentes argumentos que en su mayoría me parecían buenos. Uno de ellos era que “vivimos en una sociedad de la simulación, es decir: cada quien dice de si lo que desea que el otro vea y dependerá como construya su imagen según convenga o las circunstancias lo determinen.”
Inicio con este porque no sé sí han notado como todo en nuestro mundo se rige bajo el estandarte de la imagen y del sofisma. Las personas suelen crear un perfil que cubra sus necesidades de autoestima dando al exterior la proyección de ser algo que no es, pero que en último término permitirá obtener los beneficios que quiere. Esto no sólo se puede aplicar al ámbito profesional de cada uno, sino se aplica en todos nuestros aspectos, ya sea familiares, de pareja o de amistad. De esta forma hacemos de nosotros una deconstrucción de nuestro yo según se desee dejando de lado los valores, los ideales o compromisos.
Sin embargo la realidad pertenece a un ámbito un poco más complicado, el hombre necesita creer que lo que hace y lo que dice es coherente, que no hay diferentes “yos” y que el mismo siempre será el mismo en cualquier situación que se le presente en la vida. El problema versa cuando esto entra en la praxis ya que no suele ser así, aclaro no generalizo. Y peor contradicción surge cuando queremos que nuestro alrededor sea un lugar transparente donde sólo reine la verdad.
Lamentablemente la solución no es radical ni variada, el juego social nos permite estar dentro de un paradigma que clama por la contradicción y que al final de cuentas se instala en ella. Me atrevo a suponer que todos sabemos que no somos honestos del todo con todos y quizá ni con uno mismo. La sensación de ser consciente de esta situación lleva a la adecuación de reglas personales y de vida que permiten la sobrevivencia, el placer, el bienestar, el goce y la alegría en un mundo de hombres donde quizá nada es real.
Victor López Pelcastre
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